viernes, 15 de abril de 2016

Una cerveza del verbo mucha

No es buena idea conocer a tus ídolos, se te cae el mito y ya no te gustan como antes... se pierde toda la magia, pues así con todo.

Si te acercas demasiado a alguien que te gusta demás, ves que no es tan bueno como creías y eres un poquito menos feliz en tu sabiduría.

Algo así me paso a mi... estando en bachillerato había un chico que estaba detrás de mi mientras yo estaba detrás de otro, el típico amor adolescente del que ninguno nos hemos librado "El que me quiere no me gusta y el que me gusta no me quiere".

Pasaron los años y el chico que estaba detrás de mi, cada vez se ponía mejor, no solo físicamente, que también, sino en todos los sentidos, seguíamos siendo amigos y como persona me parecía espectacular, interesante, con culturilla musical, filosofía de vida, un surfero que me enriquecía como persona y yo lo enriquecía a él al ser ambos tan distintos, era un pack bastante completo y empezó a convertirse en un platónico.

Pasamos algunos años así, nos gustábamos mutuamente y había una atracción sexual enorme, pero nunca estábamos juntos porque el destino no quería, o no estábamos en la misma ciudad o el tenía pareja o la tenía yo...

Hasta que llegó un mágico verano, donde los dos éramos libres como pájaros y teníamos sed que debíamos saciar, porque al mundo se viene a jugar; quedamos un día como normalmente pero esta vez en su casa para fumar unos pitillos y beber unas cervezas en sus hamacas, la noche prometía.

Cuando llevábamos varias cervezas, empezamos lo que íbamos buscando desde hacía tanto, y lo que por desgracia tanto habíamos idealizado...
Parecía que todo era genial hasta que bajé la mano y allí no había mas que un bulto blandito, lo intentamos, esperamos un ratito, lo volvimos a intentar, pero ahí no había nada que hacer... el cada vez estaba más nervioso y avergonzado y así no íbamos a ningún lado.

Le dije que no se preocupara que no pasaba nada, mientras el me decía que le ponía demasiado y se había puesto nervioso al estar en la situación que tanto deseaba.

Yo sin darle más importancia fui hacia la cocina, me senté en la encimera y me abrí una cerveza, ahí entendí que había madurado, era una persona adulta y no hacía dramas de la vida, y también me dolió en el alma al ver como se caía un mito.






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